Cartas a un amigo escéptico en materia de federalismo

CARTAS A UN AMIGO ESCÉPTICO EN MATERIA DE FEDERALISMO

Josep M. Vallès

Catedrático de Ciencia Política (UAB) y Presidente de /Ciutadans pel Canvi/

Primera carta: Para ordenar ideas

Querido J.L.: (José Luís López Burniol)

Le he dado vueltas a nuestra última conversación de hace unos días. y me he propuesto dejar por escrito algunas de las consideraciones que entonces te avancé de modo desordenado. Me sirve para ordenar ideas, y es un paso más en los intercambios que hemos mantenido en los últimos años, convencidos los dos de que el ciclo político y constitucional iniciado en 1977 había agotado sus posibilidades, pero discrepantes en cuanto a la definición del camino a seguir.

Civilizadamente discrepantes, eso sí. y bastante ajenos a las calenturas polémicas de quienes se acercan a la cuestión con mucho sentimiento y poco argumento razonable.

Desde Madrid, sigues lo que ocurre en la vida política catalana. Yo sé que no siempre es fácil entenderla. y, sobre todo, es complicado captar modulaciones en medio del ruido fenomenal que genera la escena política de este país.

Especialmente difícil es hacerse una idea de lo queremos una amplia mayoría de catalanes, porque es relativamente fácil –en apariencia- comprender la posición de los independentistas. O la posición de los que “nada piden”.

Pero más complejo es entender a quienes -como yo mismo- no nos situamos ni entre los primeros ni entre los últimos. Porque, más que pedir, queremos ofrecer, y creo con toda modestia que somos una mayoría.

Apunto algunas ideas que desarrollaré en cartas sucesivas, en un intento de ordenarlas. Son las siguientes:

1. El pacto político contenido en la Constitución de 1978 dio de sí más de lo previsto, pero requiere desde hace tiempo una actualización.

2. Soberanía, estado-nación y otros conceptos heredados valen hoy poco para orientar nuestra convivencia en el siglo XXI.

3. El principio federal –en alguna de sus expresiones- es un buen instrumento para organizar políticamente nuestro futuro.

4. Los progresistas –las izquierdas- deberían hacer honor a su nombre y compromiso y avanzar hacia nuevos horizontes y no ponerse a la defensiva.

5. Cataluña y España tienen ahora una oportunidad para dar un paso que permite superar los equívocos y las incomodidades del pasado.

Estas Cartas se nutren de reflexiones y textos personales, que he publicado a veces en forma de artículos.

Deben también mucho a quienes han compartido conmigo largas conversaciones sobre el asunto.

No espero respuesta inmediata a cada una de mis cartas, aunque no rechazaré un correo electrónico de urgencia. En todo caso, aguardaré a nuestro próximo encuentro para conocer tus reacciones. Un abrazo.

Segunda carta: La superación del pacto constitucional de 1978

Querido J.L.: (José Luís López Burniol)

Empiezo con una afirmación obvia para quien conoce algo el constitucionalismo comparado.

Todos los textos constitucionales tienen un ciclo vital. y sabemos que cuanto más se reforman, más perduran. Incluso los que no se reforman, son entendidos de manera diferente a lo largo de los años. No cambia la letra, pero se altera su interpretación. A veces, de forma sustantiva.

Le ha ocurrido a la Constitución española de 1978. Aparentemente inmutable, ha experimentado cambios en su interpretación. Por ejemplo, en la organización territorial del Estado. Señalaba sobre el papel un posible camino que no fue el que la dinámica política impuso al fin y a la postre.

Alguien escribió que la Constitución de 1978 fue, sobre todo, un tardío y necesario “tratado de paz” tras la guerra civil de 1936. Una guerra civil que la dictadura de Franco había mantenido virtualmente abierta para cohesionar a sus partidarios.

Sin embargo, lo que sirvió para poner un “punto final” controvertido a la dictadura no podía bastar para orientar a la sociedad española por los caminos todavía inciertos de la integración económica, cultural y política del siglo XXI.

No bastaba ni basta, porque el texto de 1978 es tributario de conceptos estado-nación, soberanía, independencia, parlamentarismo, primacía de la democracia representativa, preponderancia de los partidos políticos- que reflejan una concepción jurídico-pública muy desgastada por los hechos. En el momento presente, ¿quién puede negar el cambio acelerado de nuestras sociedades? En todos los órdenes: tecnológico, socioeconómico, político- institucional, geoestratégico. y aquellos conceptos no son ya una respuesta útil a los retos de hoy.

Es políticamente arriesgado cerrar los ojos –sociológicos y jurídicos- a estas transformaciones del entorno y a las insuficiencias de determinadas categorías jurídicas que heredamos del pasado, que nos fueron útiles para pactar el “tratado de paz” de 1978, pero que nos valen de poco para abordar nuestro presente y, sobre todo, nuestro futuro.

Por esta razón, insistimos algunos desde hace años en que es menester revisar la Constitución y los Estatutos que de ella derivan. Es una revisión necesaria para adaptar nuestras reglas políticas fundamentales a la sociedad española del presente.

Empecinarse en la fosilización de las leyes es alimentar la intensificación de los conflictos porque dichas leyes dejan de ser eficaces para gestionarlos a satisfacción razonable de los actores sociales.

Esta revisión puede hacerse sin dramatismos ni tragedia. La revisión constitucional puede y debe acometerse en la medida de lo necesario y de acuerdo con sus propias prescripciones. No hay que temerla. Lo que deberíamos temer es el inmovilismo ciego que agrava las tensiones y cierra las puertas que pueden darles una salida constructiva.

Esta salida constructiva es la que tú y yo, junto con muchísimos más, deseamos ante la inevitabilidad de los conflictos que surgen en cualquier sociedad dinámica.

Un abrazo.

Tercera carta: Desbordar el nacional-estatismo

Querido J.L.: (José Luís López Burniol)

Te decía en mi carta anterior que la Constitución de 1978 era tributaria de algunos conceptos poco útiles para enfrentarse a los cambios de nuestras sociedades.

Uno de dichos conceptos es el de nación-estado o de estado nacional, sobre el que se fundaba la propuesta constitucional de 1978.

La Constitución de 1978 se articulaba todavía sobre las tres características de un proyecto europeo nacido en el siglo XV y elaborado jurídicamente durante el XIX: territorio delimitado, identidad nacional, soberanía absoluta.

Pero ninguna de estas características significa hoy lo que pudo ser hace unas décadas.

Ni el territorio estatal permite definir un coto impenetrable a la intervención de otros poderes públicos y privados, ni la nación es entendida del mismo modo por “nacionales” y extranjeros, ni la soberanía –una noción que siempre provocó confusiones en la teoría política- es en el mundo del siglo XXI la capacidad exclusiva o indivisible que algunos pretenden que fue.

Ignorar tales transformaciones y su impacto sobre las reglas constitucionales equivaldría condenarlas a una petrificación fetichista e inútil del texto de 1978.

Todavía domina –en la dialéctica política española, en los medios de comunicación, en una parte de la intelectualidad académica- lo que me he permitido denominar el “nacional-estatismo”.

Su núcleo básico se resume de la forma siguiente: “cada nación tiene un solo estado; cada estado integra una sola nación”. y en cada nación-estado se admite a lo sumo una jerarquía de identidades colectivas debidamente articuladas en orden escalonado, donde –según el lenguaje tradicional – la “patria grande” prevalece lógicamente sobre la “patria chica”.

Este “nacional-estatismo” es el que impregna a los denominados nacionalismos.

En un caso, se trata de “nacionalismo de estado”, como es en España el que defienden

la derecha conservadora y una parte no menor del liberalismo histórico o del socialismo español.

En otros casos, son nacionalismos “con añoranza de estado”, como el que alimenta a

nacionalistas de Cataluña o del País Vasco.

Pero los nacionalismos –o los nacional-estatismos, si me permites usar este neologismo- no valen para encarar la complejidad de nuestras sociedades.

En nuestro mundo, valen poco las declaraciones enfáticas sobre la soberanía nacional e indivisible de algunos nacionalistas de estado. Pero tampoco valen las aspiraciones retóricas a la autodeterminación de los nacionalismos periféricos.

La sociedad española es una más de las sociedades complejas de hoy. Todas ellas están llamadas a reconocer su propia diversidad y a interactuar de modo permanente en multitud de ámbitos y de planos con otros actores.

No sólo en lo económico o en lo político, sino también en lo social, militar, educativo, científico o mediático.

Nuestro mundo político ya no se organiza en unidades autosuficientes, impenetrables territorialmente y poseedoras de una soberanía o capacidad política indivisible e inalienable.

No sirven, pues, fórmulas y estrategias del pasado por reciente que sea.

Hay que superar los clisés heredados. Son potentes, tienen una inercia difícil de contrarrestar porque dominan todavía en la burocracia estatal, en la academia y en los medios.

Pero nos corresponde intentarlo a quienes presumimos de progresistas y pretendemos marchar al ritmo de los tiempos, porque –a diferencia de los conservadores- alimentamos la esperanza de que todo puede cambiar a mejor. No por la mera fuerza de las cosas, sino porque hay muchos que se empeñan en transformarlas. Un abrazo.

Cuarta carta: El pragmatismo federal

Querido J.L.: (José Luís López Burniol)

Mi última carta acababa con una exhortación voluntarista. En resumen, intentaba

decirte que con algunas ideas heredadas –nacionalismo, nación- estado,

soberanía, autodeterminación- no entenderemos bien nuestra realidad política y,

por tanto, no seremos capaces de dar salida a sus problemas.

Paradójicamente, hay otras ideas conocidas que han dado buenos resultados en

otras partes.

Es bueno considerarlas y tratar de importarlas, con las debidas adaptaciones.

Una de ellas es la idea de federación, un instrumento político-legal para

cohesionar grupos y comunidades sobre la base de acuerdos voluntarios e

intercambios leales.

El término “federal” evoca una concepción de la política en la que la unidad

–de individuos, de pueblos- se hace a partir del reconocimiento de la pluralidad y

de la diversidad. Una cultura federal que promueve la coordinación de las

instituciones por las que se autogobiernan diferentes comunidades, y que profundiza

a la vez en la democracia porque estimula la participación -en un esquema de red-

de todos los actores: ciudadanos individuales y gobiernos que los representan a todos los

niveles, desde el local hasta el planetario.

En España, hay todavía recelos respecto del federalismo. En momentos de ardor polémico, se descalifican preventivamente –“pastiche”, “barra libre” o criatura de “frankenstein”- las propuestas inspiradas en una concepción federal del Estado. No es tu caso. Pero te sé escéptico sobre el particular, y, sin embargo, hay que tener en cuenta que más del cuarenta por ciento de la población mundial vive en sistemas federales o parafederales.

El principio federal –en su variedad de versiones- goza de buena salud y es un sólido instrumento de convivencia en comunidades con diversidades históricas y culturales. Pero es bueno deshacer algunos equívocos que alimentan equívocos y sospechas.

Es bueno analizar las posibilidades del federalismo, no desde un punto de vista doctrinal, sino desde el pragmatismo de la experiencia.

Lo demuestra que no existe un “modelo federal” como tal. No hay dos federalismos idénticos.

Cada caso ha debido adaptarse a las condiciones de las sociedades que lo han instaurado.

Que nadie se inquiete, pues, si no encuentra un esquema extranjero directamente aplicable a la situación española.

La mayoría de los federalismos realmente existentes –no los de manual- son asimétricos. Es decir, contienen regulaciones no siempre idénticas para todas las comunidades federadas.

Las ironías vulgares sobre el concepto de federalismo asimétrico nacen, pues, de la simple ignorancia.

El principio federal se basa –según expresión bien conocida- en la combinación del /self-rule /con el /shared rule/. Es decir, en la compatibilidad del autogobierno en algunas materias con el cogobierno en otras.

La autonomía y la solidaridad, a la vez.

Además, el principio federal no “cierra” modelos, porque no es una fórmula acabada, sino un método de resolución de conflictos que comporta una negociación constante, siempre en búsqueda del compromiso.

Por esta razón, la reforma constitucional y estatutaria no debe dramatizarse.

Debe abordarse como momento intenso, pero no trágico, en la evolución inevitable del acuerdo básico para gestionar objetivos y políticas, según condiciones de entorno que se modifican inexorablemente.

Acabo. Creo que la salida de futuro para España es un federalismo “tomado en serio”, como han escrito algunos.

No imitando mecánicamente ninguna fórmula extranjera, sino inventando la propia.

La que pone el acento en los órganos de concertación (de verdad), presididos, no por el Ministro del ramo, sino por el Consejero autonómico de turno. La que tiene un Senado que representa a los gobiernos autonómicos según su población y no según los km2 o según las provincias de Javier de Burgos. La que confiere a este Senado un papel regulador de las instituciones comunes (Tribunal Constitucional, Poder Judicial, medios públicos de comunicación, agencias de regulación económica, etc.).

La que acaba suprimiendo direcciones generales fantasma en Ministerios sin competencias constitucionales (¡desde 1978!).

La que fija un sistema de financiación tan transparente como solidario. En definitiva, la salida constitucional que va construyendo gradualmente un Estado federal, en el que todos las partes comparten y compiten, donde no hay “centro” o donde –mejor dicho- todos están o son parte del centro.

Tenemos, pues, una idea potente con la que sustituir a los “nacional-estatismos” que ha dominado la escena española desde principios del siglo XIX.

Es una idea que en otras sociedades ha generado convivencia cultural, calidad democrática y progreso socioeconómico. ¿Por qué no avanzamos más decididamente en esta línea y aprovechamos la oportunidad que tenemos? Un abrazo.

Quinta Carta: Algo más sobre España y Cataluña

Querido J.L.: (José Luís López Burniol)

En las cartas anteriores, apenas he mencionado a Cataluña o a los catalanes. Son entidades conceptuales como lo son España o los españoles.

Pero lo cierto es que unos y otros se convierten en protagonistas de nuestro discurso político y toman forma como actores de los intercambios sociales.

Hablemos, pues, un poco de las relaciones entre España y Cataluña. No te costará reconocer que estas relaciones no han sido históricamente fáciles.

No es necesario remontarse al siglo XVII –cuando una efímera República catalana se opuso a Felipe IV- o al siglo XVIII –cuando el primer Borbón apeló al derecho de conquista para suprimir las instituciones políticas catalanas.

Lo cierto es que el “binomio conceptual y político” Cataluña-España sigue sin tener un ajuste cómodo, no ya para las derechas nacionalistas (española y catalana), sino para sectores progresistas catalanes y españoles.

No es un descubrimiento.

Es una constante.

Basta leer algunas tribunas liberal-progresistas de hoy para darse cuenta de que sigue el desencuentro de fondo.

La resignada “conllevancia” que predicaba Ortega y Gasset sigue pesando en la conceptualización del tema, y la relación de este “binomio” sigue incomodando a unos y otros.

Creo francamente que incomoda más incluso que el tema del País Vasco.

Con toda su complejidad, el “tema vasco” no se vive de modo tan inquietante como se vive el “problema catalán”.

Siempre me ha llamado la atención que la democracia española (y sus gobiernos socialistas o conservadores) han sido capaces de encajar durante 25 años los 800 muertos de ETA, el chantaje terrorista permanente y los desplantes y provocaciones del PNV mucho mejor y “más cómodamente” que una vieja democracia como Gran Bretaña en el Ulster.

Gran Bretaña ha tenido que ocupar militarmente el Ulster, declarar el estado de excepción y suspender las garantías constitucionales, crear campos de concentración (donde internaba a “sospechosos”), cerrar el Parlamento autonómico, etc. En cambio, la democracia española ha podido aguantar el problema vasco –terrorismo incluido- sin acudir a ninguno de estos gravísimos expedientes de emergencia. ¿Será porque el problema no se vive en el fondo como tan desestabilizador como se proclama?.

Te avanzo una interpretación. Quienes –desde el nacionalismo español clásico- siguen aferrados a un tradicional y potente concepto de nación-estado se sienten más a gusto –es un decir- en el enfrentamiento con otro nacional-estatismo como el vasco que con otras propuestas políticas a las que les cuesta definir y catalogar.

Diría que –cuando se trata de otros nacionalismos- les tienen la medida tomada y luchan contra ellos con sus mismas armas dialécticas. Ello les permite prescindir de otras armas

Bastante más contundentes.

En cambio, propuestas diferentes –que suenan de forma menos estridente- son percibidas como más amenazadoras para el status quo. Es el caso – entiendo yo- del catalanismo político que ahora lidera Maragall, como antes lo lideraron otros.

Porque este catalanismo de dinámica federalista no quiere vivir aparte (o fuera) de España: quiere vivir y participar en un proyecto español.

Quiere ubicar un proyecto catalán en un proyecto más amplio, español y europeo.

Pienso que esto ha incomodado siempre a los actores hegemónicos del modelo tradicional de estado español: agentes económico-financieros, mediático-intelectuales, burocrático-políticos, etc.

No les ha gustado ni les gusta, porque lo han visto –y, en parte, con razón- como un intento de dominar España desde Cataluña y no desde dónde –según ellos- “toca” por algún extraño derecho histórico, antropológico o incluso divino.

Hay que reconocer que algunas versiones del catalanismo y alguno de sus líderes han dado pie a esta suspicacia, exhibiendo complejos de superioridad inaceptables.

Pero la ventaja de hoy es que dichos complejos son insostenibles.

Gracias al denostado “estado de las autonomías” (¿recuerdas como se lo cargaban, no

ya Fraga y su gente, sino los administrativistas liberal-tecnócratas de los años setenta del siglo anterior?), este interés del catalanismo –versión Maragall- por estar y participar en España ya no se propone desde una posición de superioridad económica, cultural o política. ¿Por qué? Porque objetivamente ya no es posible. El dinamismo de las demás comunidades –¿naciones? ¿nacionalidades? ¿regiones?- desvelado por la autonomía desde 1980 ha equilibrado las capacidades colectivas y puede y debe ahora combinarse de manera más igualitaria que en otro tiempo.

Desde esta base, debería ser posible superar la incomodidad histórica que ha presidido la relación *Cataluña-España* en los dos últimos siglos. Sobre una pauta federal podría hallarse el acomodo o el encaje de realidades sociales y políticas que tienen mucho que dar y mucho que recibir, y con la vista puesta en Europa y en el mundo donde se juega la gran partida. ¿Es mucho esperar? Un abrazo.

Sexta carta: Un desafío para los progresistas

Querido J.L.: (José Luís López Burniol)

Se ha abierto –por fin- un proceso de revisión política y constitucional del modelo de estado, por mucho que les pese a algunos y por mucho que les cueste entender a otros. Es una oportunidad para “ganar comodidad” en las relaciones entre los pueblos de España en los próximos veinticinco o treinta años. No para que dejarlo todo perfecto hasta un “final de la historia” que ignoramos. Para los que trabajamos para una generación (y ya es mucho), nos bastaría.

Pero no se trata sólo de una cuestión de comodidad, ni siquiera de justicia.

Creo francamente que es también una cuestión de eficiencia social. Lo que la democracia y la autonomía han hecho en nuestros pueblos, ciudades y comunidades, salta a la vista para cualquier espectador objetivo que se pasee por el país. Se han desvelado energías, se han desarrollado capacidades, se ha recuperado autoestima. y aunque hay –como los hay- episodios rechazables, el conjunto español ha obtenido un saldo muy positivo, cuando se pesan ventajas e inconvenientes de estos últimos 25 años.

Creo que este saldo será todavía más positivo si se avanza con más decisión en el proyecto de construir una España plural, multipolar y federal. Es el proyecto que se corresponde con su realidad actual. Pienso que hay más progreso económico y más justicia social en perspectiva –y no al contrario- si avanzamos en la federalización de este Estado, y aprovechar esta oportunidad le corresponde a la izquierda, a la gente que cree en el progreso, sin desalentarse cuando nos amenaza el pesimismo o la resignación de los conservadores interesados en que nada cambie. Si hay elementos de incertidumbre en el trazado de este camino, no les toca a los progresistas paralizarse en la duda o en el temor.

Si quieren hacer honor a su nombre y a sus compromisos, les toca desarrollar categorías teóricas y constitucionales que sustituyan a unos instrumentos cada vez menos aptos para entender y ordenar las realidades de nuestro tiempo.

Por ejemplo: te dije ya en otra carta que la vieja idea de la nación-estado –por remozada que se presente- vale poco para regular las relaciones culturales, económicas y políticas que se dan hoy entre ciudadanos ubicados en más de una dimensión y sin forzadas jerarquías.

Europeos, vecinos de un barrio, españoles, catalanes, latinos, barceloneses: para muchos de nuestros conciudadanos, estas y otras identidades no territoriales se acumulan y solapan en su vida cotidiana, sin rigurosa preeminencia formal. Hay que

dejar atrás un arsenal ideológico elaborado en el siglo XIX. O incluso el que se utilizó hace veinticinco años, cuando ni la Unión Europea, ni la inmigración masiva, ni la globalización eran elementos de nuestro paisaje político.

Por fortuna, opino que hay en España quienes –en lo intelectual y en lo político- intentan definir un futuro colectivo que les niegan los nacionalismos tradicionales -del centro y de la periferia-.

Se trata de convertir en activo la complejidad española, reconociéndola en lugar de ignorarla o reprimirla, y, con ello, convirtiéndola en una referencia positiva y sugerente para otras sociedades parecidas de nuestro mundo.

Los recelos de algunos constitucionalistas de izquierdas y de sus altavoces periodísticos no tienen en cuenta esta perspectiva. Se encierran en la glosa del artículo 2 de la Constitución de 1978 -una empanada “conceptual” útil para frenar a lo que era el Ejército de 1977- y se obsesionan con el obsoleto concepto de soberanía nacional, y mientras discuten si el término “nación” aplicado a las CCAA cabe o no en la Constitución (si son galgos o son podencos), se va alimentado la polarización entre nacional-estatistas de uno

y otro lado, se va agudizando la polarización que enfrenta al centralismo de siempre con un independentismo de futuro.

Una polarización que no nos permite ir hacia delante y que nos hace perder oportunidades de progreso.

Una polarización que nos llevaría a un callejón sombrío. Que tiene salida, ciertamente, pero no la que requiere el futuro de una sociedad civilizada como la nuestra.

Un abrazo y hasta la próxima.

Séptima carta: Liberarse de la aporía de los “17” para avanzar

Querido J.L.: (José Luís López Burniol)

Esta correspondencia podría alargarse bastante más. Pero voy a detenerme aquí. No sé en este momento cómo va a concluir el debate estatutario y constitucional abierto a iniciativa de Maragall y Zapatero. Como dijo aquél, es arriesgado hacer profecías, especialmente sobre el futuro.

Pero podemos barajar, al menos, dos hipótesis.

La primera hipótesis es la de que se impongan las inercias y los recelos y se ofrezcan unos retoques tímidos al modelo constitucional y estatutario vigente. En síntesis, que sea

rechazado el ofrecimiento de futuro que hace el catalanismo progresista, liderado ahora por Maragall y secundado por quienes formamos parte de un amplio segmento de la ciudadanía.

Un nuevo fracaso de este empeño –abortado en 1981 bajo la influencia del fracasado golpe de estado del 23-F- desanimará a quienes pretendemos asentar sobre bases sólidas las relaciones entre los sujetos políticos de la realidad española. y dará alas, en cambio, a los que sostienen que es más práctico optar por una pseudo-soberanía, por una independencia formal.

Como la que tienen nuevos Estados europeos (bálticos, centroeuropeos, Chipre, Malta), de menor envergadura económica y demográfica que Cataluña.

En favor de esta apuesta independentista juega ahora un hecho nuevo. A los grandes grupos económicos y financieros, un independentismo pacífico ya no les da ahora tanto miedo en el contexto de una globalización y liberalización imparables de los mercados, incluso puede resultarles beneficiosa la proliferación de agentes políticos más débiles. Una Europa desunida, hecha de 40 estados o más, no asusta a los que desean una Europa que sólo sea un gran mercado liberal, sin instituciones políticas fuertes de ningún tipo.

Basta ver cómo avanza la fusión de empresas y bancos a escala europea, mientras se sabotea el fortalecimiento de las instituciones políticas de la Unión.

Rechazar la propuesta federal es contradictorio con lo que se replica a veces a nuestras propuestas. A Cataluña –se dice- no se le puede dar un trato privilegiado. Digamos entre paréntesis que el trato privilegiado se le sigue dando financieramente al País Vasco y a Navarra sin que nadie chiste, ni siquiera la derecha española más centralista. Cataluña –afirman- debe aceptar un régimen común a todas las CCAA. Pero cuando Cataluña se dispone a aceptar un trato multilateral en un marco federal, entonces se replica que lo que tal vez estaría bien para Cataluña no vale para la Rioja, Cantabria u otras regiones: “Vale para Cataluña, pero ¿cómo puede multiplicarse este trato por 17?”. Resultado: ni trato especial ni trato multilateral. Ni privilegio catalán, ni multiplicación a 17. ¿Dónde nos

deja esta aporía insalvable? Nos deja en el inmovilismo y, por tanto, nos obliga a seguir en la incomodidad y en la inestabilidad que te señalaba en mi primera carta.

Tomarse en serio la propuesta federal debería ser la responsabilidad de la gente de la izquierda española. Dejarla pasar esta ocasión sería un error de alcance histórico. Como el cometido por generaciones anteriores que no han querido o no han sabido dar a España una definición constitucional realista, partiendo de su complejidad histórica y asegurarle un futuro estable.

Por esta razón, prefiero apostar por una segunda hipótesis. Por la hipótesis de un progreso razonablemente ambicioso en dirección al modelo federal. En dirección a un modelo propio. Pero no ambiguo ni cosmético. Un modelo que podría convertirse en referencia para otras situaciones en las que las relaciones entre niveles de gobierno se entrecruzan en la práctica, más allá de la jerarquía imposible que pretende el antiguo patrón del Estado-nación.

Ya habrás notado que mi posición de fondo –la posición de fondo de los federalistas- es un alegato contra el Estado-nación. Contra el Estado-nación de los que creen ilusoriamente tenerlo bajo control. y contra el de los que aspiran a tenerlo. Ni unos, ni otros –tienen a mi juicio- la llave capaz de abrir un futuro mejor para nuestros conciudadanos y nuestras conciudadanas – arraigados por nacimiento o recién llegados de la inmigración-, cuyos intereses e identidades se confunden y se entremezclan en esquemas imprevistos por los nacional-estatistas.

Termino esta larga perorata. Me daría por satisfecho si tu escepticismo ante la propuesta federal se transformara, no en una convicción de converso, sino en una expectativa razonable de que es una alternativa viable para el progreso de nuestras sociedades y de sus gentes. Que es, al fin y al cabo, lo que debería importarnos y por lo que deberemos seguir trabajando de común acuerdo. Un abrazo cordial.

Quant a El Cau del Llop

Vaig néixer a Manlleu -Osona- un dilluns 5 d’agost de 1940, tot i que en el “Libro de Família” hi consta el dia 8 en lloc del dia 5, coses dels registradors d’aquella època, ara visc a Sabadell -Vallès Occidental-. He estudiat, he treballat, (això es historia passada i forma part de la meva vida anterior) i ara no importa ni el què ni ha on, estic feliçment casat i enamorat de la meva família, soc pare de tres fills i avi de vuit nets, exerceixo de Jubilat a plena dedicació i procuro gaudir d’aquest moment. Si veieu que el meu nom d’usuari es El Cau del Llop no es per amagar-me de res, ben al contrari, ho es per la senzilla raó etimològica de l’origen del meu cognom (mal escrit, es ben cert), però una llobera es un cau d'un llop. I com dic a la capçalera del bloc, A la recerca de valors… , i també perquè es una finestra oberta al mon que em permet participar-hi, sense interpretacions d’altres que m’ho impedeixin.
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