¿Está en marcha la segunda guerra fría?

La amenaza que plantea China en Asia Norte como únicos amigos es más política y económica que militar

El mundo que viene | 24/12/2010 – 02:51h

Fascinados por el inmenso aumento de medios militares de China, una nueva constelación de asociaciones estratégicas entre sus vecinos y el reactivado compromiso de Estados Unidos con la seguridad asiática, numerosos observadores sagaces señalan que en el año 2010 se han observado las primeras chispas de una nueva guerra fría en Asia, pero ¿es realmente inevitable la segunda guerra fría?

Aunque es impensable contemporizar con el empuje de China en pos de la hegemonía, se deben hacer todos los esfuerzos necesarios para evitar la militarización de la diplomacia de la región. Al fin y al cabo, la guerra fría en Asia nada tuvo de fría. Primero en la guerra civil china y después en Corea, Indonesia, Malasia e Indochina –en particular, en Vietnam– la guerra fría arreció no como una batalla ideológica o de propaganda entre superpotencias rivales, sino en combates tenaces y con frecuencia fratricidas que costaron millones de vidas y retrasaron el desarrollo económico y la democratización política.

A esa historia sombría se debe que el desprecio actual de China por la máxima de Deng Xiaoping de que China “disfrace su ambición y esconda sus garras” resulte tan preocupante para los dirigentes asiáticos desde Nueva Delhi hasta Seúl y desde Tokio hasta Yakarta. Desde su negativa a condenar el hundimiento –sin que hubiera habido provocación alguna por su parte– del buque de guerra surcoreano Cheonan y el ataque de artillería contra islas surcoreanas hasta sus reivindicaciones de soberanía de diversos archipiélagos japoneses, vietnamitas, malasios y filipinos y otras reivindicaciones sobre la provincia india de Arunachal Pradesh, China ha mostrado una arrogancia de corte neoimperial. En consecuencia, no debe extrañar que esté empezando a predominar la idea de contención en las posturas diplomáticas asiáticas.

No obstante, es un error –al menos de momento– pensar que es necesaria una estructura oficial de alianzas para contener a China del modo en que lo fue para contener a la Unión Soviética. La contención, conviene recordar, se organizó contra un régimen totalitario soviético que no sólo era ideológicamente agresivo y estaba consolidando su colonización de la Europa oriental (como también los Territorios Septentrionales de Japón), sino que se cerró deliberadamente a la economía mundial.

La China actual es enormemente diferente. La vía del imperialismo militar declarado del tipo soviético raras veces ha sido –al menos históricamente– la vía china. Sun Tzu, el gran teórico chino de la guerra, se centró en la debilitación psicológica del adversario, no en las batallas. Hasta época reciente, gran parte del intento por parte de China de lograr la hegemonía regional reflejaba la concepción de Sun.

Y más importante resulta que hace tres decenios China abandonara la autarquía económica. Actualmente, sus vínculos económicos en Asia son profundos y –es de esperar– permanentes. La maquinaria exportadora de China absorbe cantidades enormes de piezas y componentes, para su montaje final, procedentes de toda Asia: Tailandia, Malasia, Filipinas e Indonesia, además de países más ricos como Singapur, Taiwán, Corea del Sur y Japón. El ingreso en la Organización Mundial del Comercio ha contribuido a vincular a China a redes de producción panasiáticas muy complejas. Todos se han beneficiado de tales vínculos.

A lo largo de los tres decenios de ascenso de China desde la pobreza hasta la categoría de coloso económico, el comercio dentro de Asia ha aumentado aún más rápidamente que el de la región con el resto del mundo, lo que indica una más profunda especialización e integración. De hecho, el ascenso de China ha alterado profundamente el curso de los flujos comerciales de Asia. Japón ya no se centra en la exportación de productos acabados a Europa y a Norteamérica, sino en exportar piezas y componentes para su montaje en China. Japón importa, a su vez, de China productos acabados (como, por ejemplo, equipos de oficina y ordenadores) que en su día procedían de Estados Unidos y de Europa.

Dado que nada menos que la mitad de los 1.300 millones habitantes de China sigue atrapada en la pobreza extrema, a China le interesa velar por que esas relaciones económicas sigan prosperando. En el pasado, China ha reconocido la necesidad vital de unas buenas relaciones de vecindad. Durante la crisis financiera asiática del periodo 1997-1998, los funcionarios chinos no practicaron una devaluación competitiva del yuan. Lamentablemente, semejante actitud política responsable y lúcida dista notablemente de lo que observamos en la actualidad.

El vertiginoso aumento por parte de China de su capacidad militar es otro motivo claro de preocupación en Asia. Sin embargo, aun conforme a los cálculos más elevados, el presupuesto militar de China es ahora sólo igual, aproximadamente, al de Japón y muy inferior al de los presupuestos militares combinados de Japón, India y Rusia, países, todos ellos, que tienen fronteras con China, por no citar a Indonesia, Corea del Sur y un Taiwán que se está modernizando militarmente. Además, Rusia e India cuentan con armas nucleares y Japón tiene los medios tecnológicos para reactualizar su posición en materia de defensa a fin de hacer frente a cualquier amenaza nuclear regional.

Por tanto, la amenaza que China plantea actualmente sigue siendo predominantemente política y económica, no militar. La prueba de toque de las intenciones de China es si utilizará sus capacidades económicas y –con todas las letras–militares para intentar instaurar una hegemonía asiática excluyendo a Estados Unidos de la región e impidiendo que prosperen asociaciones regionales. La otra opción es una China que participe en el esfuerzo común para cohesionar a Asia en un sistema basado en normas similar al que ha sustentado la paz a largo plazo en Europa.

En ese sentido, el auge de Asia es también una prueba de toque de la competitividad y del compromiso de Estados Unidos en Asia. La histórica oposición de este a cualquier realidad hegemónica en Asia –incluida como objetivo conjunto con China en el comunicado de Shanghai de 1972– sigue siendo válida. Deberá procurarse, en todo caso, por medios políticos y económicos, aunque siempre respaldado por la fuerza de Estados Unidos.

Antes del 2010, la mayoría de los países asiáticos habrían preferido no elegir entre China y EE.UU. Pero la seguridad en sí misma de China ha brindado enormes incentivos para aceptar un sistema multilateral asiático respaldado por Estados Unidos, en lugar de aceptar el sistema excluyente que China intenta encabezar. En el 2011 veremos si esos incentivos mueven a los dirigentes de China a revisar su conducta diplomática, que le ha dejado con las economías de Birmania y Corea del Norte, corruptas y casos perdidos, como únicos amigos fiables en Asia.

Quant a El Cau del Llop

Vaig néixer a Manlleu -Osona- un dilluns 5 d’agost de 1940, tot i que en el “Libro de Família” hi consta el dia 8 en lloc del dia 5, coses dels registradors d’aquella època, ara visc a Sabadell -Vallès Occidental-. He estudiat, he treballat, (això es historia passada i forma part de la meva vida anterior) i ara no importa ni el què ni ha on, estic feliçment casat i enamorat de la meva família, soc pare de tres fills i avi de vuit nets, exerceixo de Jubilat a plena dedicació i procuro gaudir d’aquest moment. Si veieu que el meu nom d’usuari es El Cau del Llop no es per amagar-me de res, ben al contrari, ho es per la senzilla raó etimològica de l’origen del meu cognom (mal escrit, es ben cert), però una llobera es un cau d'un llop. I com dic a la capçalera del bloc, A la recerca de valors… , i també perquè es una finestra oberta al mon que em permet participar-hi, sense interpretacions d’altres que m’ho impedeixin.
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